Desde muy pequeña, en cuanto pude moverme con cierta independencia, encontraba un placer especial en colocar y reorganizarlo todo: mis juguetes, los cajones de mis padres, los misteriosos armarios de mi abuela.
Durante la adolescencia, además de ordenar apuntes, ropa o fotografías, cambiaba el mobiliario de sitio según el nivel de rebeldía que llevara dentro. Sin saberlo aún, ya estaba observando algo fundamental: cómo el orden —o su ausencia— influye directamente en cómo nos sentimos, decidimos y vivimos.
Ordenar nunca fue solo mover cosas de un lugar a otro. Para mí era bajar el ruido, recuperar el foco y volver a respirar.
A los 9 años entré de forma consciente en el “mundo de las mudanzas”. Cambios de casa frecuentes, a un ritmo que no era habitual en mi entorno. Ahí entendí lo que supone trasladar toda tu vida de un sitio a otro, especialmente cuando a esa edad no existe la opción de deshacerse de nada: todo es importante, todo cuenta.
A día de hoy, he vivido más de 20 mudanzas propias y he acompañado muchas más —más de diez— de familiares y amigos.
Pero alrededor de la quinta mudanza apareció una pregunta clave: ¿de verdad necesito cargar siempre con cosas que ya no utilizo?
Objetos o recuerdos que ocupaban espacio sin sentido. Que en su momento fueron útiles o importantes, pero que ahora solo eran peso.
Así empecé a desprenderme, poco a poco, de aquello que ya no formaba parte de mi presente antes incluso de empezar a empaquetar. Al principio costaba, desprenderse siempre cuesta, pero con la práctica llegó una sensación nueva: ligereza. Saber que lo que llevas contigo es realmente importante.
Con el tiempo entendí que una mudanza no es solo transportar. Es sacar y tomar conciencia de lo que tienes, seleccionar, agrupar, descartar, empaquetar, reciclar y volver a ocupar un espacio dándole un nuevo sentido. Generar aire fresco y bienestar.
Porque no se trata de tener casas perfectas ni vidas impecables (menos mal). Se trata de crear espacios que acompañen, que sostengan y que no pidan más de lo que podemos dar.
Otra habilidad que siempre me ha acompañado —y que he entrenado con los años— es la escucha. La empatía. La capacidad de ayudar a poner orden interno cuando alguien siente que está en caos.
Ya pasada la adolescencia, al entrar de lleno en el mundo del voluntariado, tomé verdadera conciencia de algo que había hecho casi toda mi vida de forma automática: ayudar a las personas (y a los animales también). Me hacía sentir viva, útil y conectada, aunque hasta entonces nunca me había detenido a observarme en ese rol ni a valorar todo lo que había aportado (y me había aportado a mi).
Pero durante mucho tiempo sentí que todo iba demasiado rápido: espacios llenos, agendas apretadas y una mente que no se detenía. Y no, no era solo “estrés moderno” —aunque a veces me lo decía para tranquilizarme—. Era falta de espacio. Literal y emocional.
Comprendí algo esencial: cuando el entorno está saturado, la mente hace lo que puede… y normalmente se bloquea.
En ese camino fui incorporando herramientas que me ayudaron a comprender, con una mirada más amplia, mejor a las personas —y a mí misma—: la PNL, el coaching, la mediación y el trabajo consciente con hábitos, emociones y recursos internos. Y entonces, todo empezó a tener sentido.
Hoy sé que soy de esas personas que, casi sin darse cuenta, escuchan, ordenan ideas ajenas y disfrutan viendo cómo algo encaja.
Mi experiencia vital tiene un hilo conductor muy claro: cuidar, ordenar y dar sentido. Con el tiempo entendí que esa forma de estar en el mundo también era mi propósito: acompañar a las personas a recuperar calma, claridad y bienestar, especialmente allí donde cuesta saber por dónde empezar.
De esa visión nace Espáciate, un método que une organización de espacios, conciencia emocional y acompañamiento humano, siempre desde un enfoque práctico y cercano. Porque el orden no es solo una cuestión estética; también es emocional.
Hoy acompaño a personas y empresas a crear entornos más amables, funcionales y coherentes con la vida que desean construir. Espacios físicos e internos donde haya claridad, equilibrio y bienestar. Lugares donde, cuando aparece el espacio, también aparece la calma.
A través del método Espáciate, y apoyándome en herramientas como la PNL y el coaching, facilito procesos de organización consciente que ayudan a ordenar no solo espacios, sino también ideas, foco y formas de habitar lo que hacemos. No busco la perfección, sino el equilibrio: crear espacio para que puedan surgir decisiones más claras y una vida más alineada.
Mi experiencia me ha enseñado que cuando generamos espacio —en casa, en la agenda o en la mente— recuperamos la capacidad de elegir cómo queremos vivir.
Espáciate nace de una fusión honesta entre la organización emocional y de espacios, el acompañamiento desde la escucha, la experiencia vital en entornos vulnerables y una sensibilidad profunda hacia el bienestar de las personas, los animales y el entorno.
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